Duele
Ayer se fueron.
Entre lágrimas y abrazos, se despidieron de los suyos.
Dejar la tierra prometida
e iniciar el éxodo hacia lo desconocido duele.
Saber que el camino es un gigante
malévolo y mezquino
que persigue tus huellas
y aniquila tus pasos, duele.
Que nada puede cambiar el traje
de forastero que protege tus sueños
mientras el águila se alza para descubrir tu anhelo, duele.
Duele más que el dolor mismo.
Ver tu sudor, tu sangre y tu vida
diluirse como hielo.
Duele saber que ayer se fueron
y que no volverán.
No volverán
Washington se levanta, se abotona
el dress jacket y pronuncia un discurso en honor a la paz:
“La guerra debe acabar,
una tregua, un cese al fuego…
Los pueblos serán como antes;
volverá la paz, la alegría
y el bienestar de todos los hombres.”
Pero los hombres saben que no es cierto:
Un hijo perdido,
una madre muerta,
unos niños huérfanos,
cien hombres heridos,
mil soldados muertos,
un pueblo vencido, devastado y sin futuro…
Y mientras todos aplauden,
el hipócrita de Washington
sabe que nada volverá a ser como antes.
Nada volverá a ser como antes
(Clamor de una madre que perdió
a un hijo en las guerras de Oriente)
“No es verdad que todo pasa.
El dolor, la tristeza, la agonía siempre están;
se disfrazan, se maquillan, salen
a la calle y, más tarde, regresan para hacernos llorar.
No se puede ocultar lo que sufre el alma, ni callar…
Y, ¿cómo no sufrir si hemos perdido lo amado?
Si, por más que se intente olvidar un recuerdo
la historia estará ahí, como un puñal clavado
recordándome siempre que el precio
de mi dolor es el de la vida
que la guerra, la maldita guerra, me arrebató.”
La maldita guerra
Perdimos la inocencia, la infancia
el deseo de superarnos, de ser libres,
de ir por el mundo sin tener
que representar un peligro para nadie.
Es verdad que, de niños, jugábamos
a las guerras sin tener que derramar nunca una gota de sangre.
Siempre creímos que este crimen
apocalíptico era un cuento del pasado,
que los hombres ya habían aprendido el arte de amar…
Pero perdimos la inocencia cuando oímos el infernal grito
de Washington y Moscú, de la OTAN e Israel
y de otros muchos potentados proclamar: “¡Fuego!”
Lo dejamos todo para salir ilesos
sin sospechar que el fuego consumió
en nosotros lo que un día fue la vida.
La vida
Vi una rosa marchita sobre una tumba.
Vi a la madre que la trajo.
Vi brotar de sus ojos una cadena
de lágrimas mientras recitaba una plegaria.
Vi su dolor y su odio,
y ambos eran justificables.
“Mi hijo no perdió la vida en defensa
de la patria, como expresó el presidente
de los Estados Unidos en una rueda de prensa,”
dijo la adolorida madre en tono suave.
“Tampoco murió en manos del enemigo.
Lo mató la Casa Blanca
en su ambición de adueñarse del mundo.”
Sobre el autor:
Guillermo José Sevilla González (Comarca San Pablo, Acoyapa –
Chontales – Nicaragua 11 de Diciembre de 1998). Es poeta, escritor y
cuentista nicaragüense. Licenciado en Ciencias Sociales graduado en la
UNAN CUR CHONTALES. Es miembro activo del Movimiento de poesía
Arte e Historia "Gregorio Aguilar Barea", en Juigalpa y miembro directivo
del Festival de poesía Latinoamericana de Juigalpa. Es coautor de la
Antología la casa de los poetas, Editada por el Movimiento de Poesía,
Arte e Historia “Gregorio Aguilar Barea”, (Chontales, Nicaragua, 2021).
Contacto: [email protected]