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Therians: animales humanos

El Querendón by El Querendón
25 febrero, 2026
in Columnista
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Therians: animales humanos

 

Hámer Salazar, biólogo ( [email protected] )
Hace un tiempo atrás, una amable lectora se comunicó conmigo, con cierta
urgencia, un domingo a las 8 a.m., para decirme que la noche anterior había comenzado a
leer mi libro Hacia la fórmula de la vida: claves para el regreso a la Naturaleza, y que se
había sentido abofeteada con la lectura. Sin embargo, me lo agradecía, porque nadie le
había hablado con tanta claridad sobre su propia naturaleza.
En ese libro planteo una pregunta que ha sido obviada por muchos pensadores a lo
largo de la historia de la humanidad. Se han formulado las preguntas más populares:
¿Quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿hacia dónde voy? Pero han olvidado una más elemental
y, quizás, más incómoda: ¿qué soy?
Y es aquí donde vamos a tener que enfrentar una realidad que, por motivos
religiosos, culturales o por simple sensación de superioridad, nos cuesta aceptar: somos
animales.
Ya adivino que algunos podrían interpretar esto como un insulto. Estoy diciendo,
amigo lector, amiga lectora, que usted es un animal. Si me dicen animal, lo acepto con
humildad y con humanidad: soy un perfecto animal, un animal humano. No lo digo en
sentido peyorativo, sino en términos puramente biológicos.
¿O es que acaso debemos devolvernos a la escuela para recordar aquellas clases de
ciencias en donde estudiábamos los reinos de la naturaleza? En nuestros tiempos —allá en
los años sesenta y setenta del siglo pasado— era tan sencillo como aprender tres reinos: el
mineral, el animal y el vegetal. Posteriormente, se ampliaron las clasificaciones y se
incorporaron otros reinos biológicos, como el Monera (bacterias), el Protista (organismos
unicelulares complejos) y el Fungi (hongos y levaduras).
Evidentemente, somos entidades biológicas y, en consecuencia, debemos ubicarnos
en alguno de estos reinos. No realizamos fotosíntesis, por lo tanto no somos plantas.
Estamos constituidos por decenas de billones de células —alrededor de 37 billones, según
estimaciones actuales—, por lo que no somos organismos unicelulares. Tampoco somos
bacterias ni hongos. Solo nos queda un reino posible: el animal. ¿Nos vamos entendiendo?
El reino animal está conformado por miles de especies. Algunos son invertebrados,
es decir, carecen de columna vertebral: esponjas, medusas, corales, gusanos, moluscos,
insectos, arañas, crustáceos, entre muchos otros. Los vertebrados, en cambio, poseen
columna vertebral y un cordón nervioso dorsal protegido por una hilera de vértebras. Sin
duda, pertenecemos a este último grupo.
Los vertebrados se clasifican, en términos generales, en peces, anfibios, reptiles,
aves y mamíferos. Aquí nos acercamos más al ser humano: somos mamíferos. Desde que

nacemos, la mayoría tenemos la fortuna de estar en el regazo de nuestra madre y recibir de
su pecho —o, dicho con mayor franqueza, de sus benditas tetas— la leche materna,
alimento exclusivo durante los primeros meses de vida. Esto también lo hacen todos los
mamíferos; no por casualidad los científicos dieron ese nombre al grupo.
La palabra mamífero proviene del latín mammifer, formada por mamma (“mama”,
“pecho”) y el sufijo -fer (“portar”), significando literalmente “el que posee mamas”.
Además, compartimos con los demás vertebrados terrestres una anatomía básica en
común: cuerpo dividido en cabeza, tronco y extremidades; cuatro extremidades; dos ojos,
dos orificios nasales, dos oídos, una boca con lengua; sistemas renal, nervioso, digestivo,
reproductor, respiratorio y circulatorio; sangre roja; estructura ósea comparable. Tal como
los sapos y ranas, las lagartijas y los dinosaurios, las aves y el resto de los mamíferos.
Con los mamíferos las similitudes son aún más evidentes: tenemos pelo. Ese mismo
pelo que puede incrementar la belleza —o la fealdad, que no deja de ser una forma perversa
de la belleza— y que moviliza industrias enteras de cosméticos y salones de estética.
Pestañas, cejas, barba, axilas, vello púbico… incluso en lugares donde nunca llega el sol.
Sin embargo, cuando vemos un perro o un gato, rara vez asociamos su pelaje con el nuestro
y con nuestra condición de mamíferos.
Therians
En la naturaleza lo que abunda es la diversidad. Dentro de los mamíferos existen
tres grandes grupos según su forma de gestación:
Los Prototheria o monotremas, que ponen huevos, como el ornitorrinco y el
equidna. Los Metatheria o marsupiales, cuyos embriones nacen inmaduros y completan su
desarrollo en una bolsa. Y los Eutheria, o verdaderos placentados, cuyos embriones se
desarrollan en el útero materno, nutridos a través de la placenta y protegidos por el líquido
amniótico.
Los humanos pertenecemos a este último grupo. Somos, por tanto, animales,
mamíferos y euterios.
La palabra Eutheria proviene del griego eu- (“verdadero”) y thēríon (“bestia”).
Literalmente: “bestias verdaderas”.
Desde esta etimología surge un fenómeno cultural contemporáneo: personas que se
identifican como “theriántropos”, es decir, una unión conceptual entre lo humano y lo
animal. Algunos reconocen que su identificación es simbólica, psicológica o espiritual;
otros sostienen una identificación más radical.
No me corresponde juzgar experiencias personales. Pero sí me parece pertinente
señalar una paradoja: en una cultura que se resiste a aceptar que todos somos
biológicamente animales, surgen individuos que buscan afirmarlo desde la identidad

simbólica. Tal vez el problema no sea que alguien quiera sentirse animal; el problema es
que como sociedad no aceptamos que ya lo somos, pero animales humanos, pertenecientes
a nuestra propia especie.
Homo sapiens
Cuando hablamos de Homo sapiens, muchos imaginan cavernícolas primitivos. Sin
embargo, hablamos de nosotros mismos. La especie humana moderna existe desde hace
aproximadamente 200 mil años. Somos, biológicamente, los mismos de las estepas
africanas, con la misma anatomía, los mismos paquetes hormonales, la misma estructura
genética y la misma capacidad cognitiva básica. Lo único que ha cambiado es el contexto
cultural y tecnológico.
Si llamamos al perro Canis familiaris, estamos diciendo que es un animal canino. Si
denominamos al gato Felis catus, decimos que es un animal felino. Cuando decimos Homo
sapiens, afirmamos que somos un animal homínido, del orden de los primates,
perteneciente a la familia Hominidae.
Somos animales humanos.
Con este conocimiento básico, no hay razón para sentirnos denigrados por aceptar
nuestra condición biológica. Más bien, negarla ha sido una de las raíces de nuestra
desconexión con la Naturaleza.
También observamos un fenómeno inverso: la tendencia creciente a humanizar a los
animales domésticos, atribuyéndoles categorías estrictamente humanas, llamándolos
“hijos” o proyectando sobre ellos roles que corresponden a nuestra propia especie. El afecto
hacia un perro o un gato no es cuestionable; lo problemático surge cuando confundimos
categorías biológicas y simbólicas.
Paradójicamente, en una época en que a veces tratamos a los animales como
humanos, no siempre tratamos a los humanos con la dignidad que merecen. Tal vez el
desafío no sea humanizar a los animales, sino humanizarnos más entre nosotros.
Quizás, si aceptáramos con humildad nuestra verdadera condición —la de un animal
consciente que habita un planeta compartido con millones de otras especies—
comenzaríamos a actuar con mayor responsabilidad ecológica, mayor respeto por la vida y
mayor coherencia con nuestra propia naturaleza.
No somos dioses caídos ni entes ajenos al resto del reino animal. Somos animales
humanos. Y en ello no hay ofensa alguna, sino verdad biológica.

Sobre el autor
Hámer Salazar. Biólogo, profesor jubilado de la Universidad de Costa Rica. Investigador,
escritor y columnista. Correo [email protected]
Presidente de la Fundación para el Desarrollo Ecológico y del Medio Ambiente y de Los
Potreros de Puax (FUNDEMA-PP) y miembro de Primates de Grecia.

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