Por José Luis Ortiz Güell.
Hay personas que brillan con luz propia, no solo por su talento, sino por la autenticidad
que emana de su ser. María Folgueira no es solo una voz prodigiosa que ha conquistado
escenarios, ni únicamente una modelo que ha desfilado para los grandes nombres de la
moda internacional. Es, ante todo, una mujer que ha sabido navegar entre la perfección
de las pasarelas y la vulnerabilidad de las emociones, entre los focos deslumbrantes y la
intimidad de su verdad.
Hoy, nos adentramos en su mundo, más allá de las portadas y los aplausos. Hoy,
descubrimos a la María que late detrás del arte, la que sueña, la que cae y se levanta, la
que convierte cada canción en un pedazo de su alma y cada paso en un acto de valentía.
1 María, tu vida es un caleidoscopio de arte: música, moda, imagen… Pero, ¿quién
es María Folgueira cuando se quita el micrófono y se aleja de las cámaras?
Soy como el mar: días de calma serena y días de olas inquietas. No pretendo ser
perfecta, porque la perfección es una ilusión, pero sí auténtica en cada paso que doy.
Tengo mis días buenos, esos en los que todo fluye con la claridad del amanecer, y
también mis días malos, en los que la tormenta parece no querer pasar. Pero es justo ahí,
en esa humanidad frágil y resistente a la vez, donde encuentro mi fuerza.
No soy una figura tallada en mármol, sino una persona de carne y hueso que se atreve a
reír fuerte, a equivocarse, a levantarse… y a veces, incluso, a dejar que las lágrimas
dibujen su propio camino. Porque la verdadera profesionalidad no está en ocultar las
grietas, sino en saber que incluso a través de ellas se filtra la luz.
Si algo he aprendido, es que la sencillez no es sinónimo de pequeñez. Al contrario: es la
elegancia de quienes conocen su valor sin necesidad de alardear, de quienes construyen
su legado no con grandilocuentes discursos, sino con acciones que reverberan en el
tiempo. Por eso, cuando me preguntan quién soy, respondo con orgullo: una trabajadora
incansable, una soñadora práctica y, sobre todo, una mujer que elige ser fiel a sí misma…
incluso cuando el mundo le pide que lleve máscaras.
2 Has desfilado para destacados diseñadores. En esas pasarelas, ¿qué se siente al
ser el centro de miradas que juzgan cada paso? ¿Hubo algún momento en que la
inseguridad te ganó?
Los 'no' duelen. Te los dicen al principio, te los siguen diciendo después, y a veces,
incluso cuando crees que ya nada puede tumbarte, llega uno que te sacude por dentro.
Pero he aprendido algo: los rechazos no son sólo piedras en el camino, son el camino.
Cada uno me ha enseñado a parar, respirar y recordar algo clave: en este negocio, no se
trata de gustar, sino de ser.
Sí, es difícil. ¿Aceptarse cuando otros te señalan con el dedo? ¿Quererse cuando te
hacen sentir que no encajas? Es una batalla. Pero con el tiempo entendí que la verdadera
libertad está en dejar de pedir permiso para existir. Porque esto no es un concurso de
popularidad: es arte, es negocio, es vida. Y en la vida, lo único insoportable no es que te
rechacen… es que tú mismo te traiciones por miedo a que lo hagan.
Así que aquí estoy: cicatrices, sí, pero también orgullo. Porque cada 'no' que no me
rompió, me hizo más fuerte. Porque hoy prefiero ser yo y que sobren algunos, a ser una
versión falsa y que sobre mi esencia. Al final, los que triunfan no son los perfectos, sino
los que se atrevieron a seguir de pie, auténticos, incluso cuando el mundo les gritaba que
se rindieran.
3 La música es emocion pura. Cuando cantas, ¿qué heridas o alegrías de tu vida
resuenan en tus canciones? ¿Hay alguna que te cueste interpretar porque te toca
demasiado adentro?
La música de orquesta es un huracán de alegría, un vendaval de fiesta que levanta al
público del asiento… pero detrás de cada trompeta que estalla y cada percusión que
retumba, hay un corazón que late. Yo soy ese corazón.
Cuando canto 'esa' canción que todos corean con una cerveza en la mano, algunos ven
sólo diversión. Pero yo siento cada palabra. Las letras, incluso las más festivas, son
historias disfrazadas de ritmo. Una canción sobre desamor que hace bailar a miles, para
mí es un nudo en la garganta que transformo en energía. Un tema bailable sobre alegrías
pasajeras, a veces me sabe a melancolía vestida de esperanza.
No es contradicción: es humanidad. Porque el verdadero artista no reproduce emociones,
las vive. Y cuando subo al escenario, llevo conmigo esa paradoja hermosa: ser la
conductora de la fiesta ajena mientras navego mis propios sentimientos. Es mi
superpoder: convertir lo personal en universal, y hacer que hasta la pena más íntima
suene a celebración cuando la canto con el alma.
Al final, quizá esa sea la magia: que mientras el público baila sin pensar, alguien en
primera fila mira a los ojos y por un instante, reconoce en mi voz eso que no se atreve a
decir. Y entonces la fiesta se vuelve catarsis
4 Ser imagen de marcas importantes implica perfección. Pero, ¿qué
“imperfecciones” tuyas abrazas con más cariño y por qué?
Si tuviera una varita mágica, ¿qué cambiaría? Muchas cosas, sin duda. Pero hay algo que
nunca tocaría: esa intensidad que llevo tatuada en el alma y que a veces asusta hasta a
mí misma. ¡Ja! Es mi sello, mi maldición y mi don al mismo tiempo.
Soy como un volcán en permanente erupción: cuando amo, es con todo; cuando canto,
quemo el escenario; cuando vivo, lo hago a contrarreloj. Sí, esta pasión desbordada me
ha traído algún que otro dolor de cabeza -quien diga lo contrario miente-, pero también es
el motor que ha convertido mis sueños en realidad.
A estas alturas, ya hice las paces con mi esencia. Entendí que no podemos editar nuestro
carácter como si fuera un simple filtro de Instagram. Hay cosas que vienen de fábrica,
como el color de mis ojos o esta forma visceral de enfrentar la vida. ¿Que a veces es
demasiado? Puede ser. Pero prefiero mil veces ser 'demasiado' yo que una versión
diluida, políticamente correcta, de quien realmente soy.
Al final, lo que algunos llaman 'exceso', yo lo llamo autenticidad. Y en un mundo lleno de
medias tintas, atreverse a ser intenso es casi un acto revolucionario.
5- En un mundo tan competitivo, ¿cómo mantienes la calidez y la humanidad?
¿Alguna vez te tentó convertirte en una “diva” o siempre preferiste ser… María?
6- La cima es una ilusión que persiguen los que necesitan banderas para sentirse
importantes. Yo? Prefiero el camino. Ese sendero de tierra batida donde cada día
aprendo, tropiezo y me levanto con las manos manchadas de experiencia. No soy una
estrella, soy artesana. Una más del gremio que ama su oficio con la devoción de quien
sabe que el verdadero maestro es eterno aprendiz.
Hay una belleza poderosa en no considerarse 'llegado'. Cuando te quitas la corona, te
liberas del peso de tener que demostrar algo. Y entonces sucede la magia: cada
escenario se convierte en tu primera vez, cada canción en un descubrimiento, cada
aplauso en un regalo inesperado.
Quizás por eso, cuando me preguntan por mis logros, respondo con orgullo: 'Todavía no
he creado mi mejor obra'. Porque en esta profesión -como en la vida- lo extraordinario no
está en la meta, sino en esa chispa que te hace seguir buscando incluso cuando nadie te
mira. Ese fuego interno que no se apaga con los años… esa es mi única victoria.
6-Si pudieras viajar en el tiempo, ¿qué consejo le darías a esa niña que soñaba con
cantar y que hoy ha logrado tanto?
Si pudiera darle un consejo a mi yo del pasado sería este: 'Querida, respira. Esas
tormentas que hoy te quitan el sueño, mañana serán apenas brisa en tu memoria. La vida
tiene una curiosa manera de poner todo en su lugar… siempre que le des tiempo al
tiempo'.
Aprendí tarde pero bien: hay batallas que sólo existen en nuestra cabeza, fantasmas que
alimentamos con miedos y que se desvanecen cuando nos atrevemos a encender la luz.
¿Esos juicios ajenos que tanto nos duelen? Son sólo opiniones de gente que mira el
mundo con lentes distintos a los nuestros. Y créeme, nadie -absolutamente nadie- tiene el
monopolio de la verdad.
Hoy sonrío cuando recuerdo cuánta energía malgasté preocupándome por lo que 'podría
pasar' o por lo que 'dirían'. El secreto está en distinguir entre lo que realmente importa y lo
que sólo parece importante. Porque al final, lo único que queda son los momentos en que
fuiste fiel a ti misma, no los que pasaste intentando complacer expectativas ajenas.
Así que mi legado sería este: vive intensamente, pero no dramáticamente. Toma en serio
tu sueños, pero no tanto las opiniones de quienes no comparten tu camino. Y sobre todo…
aprende a reírte de tus propias certezas, porque la vida siempre tiene preparada una
lección para quienes creen tener todas las respuestas.
7-Para terminar: Cuando el último aplauso se apague y las luces se apaguen,
¿cómo te gustaría que el mundo recordara a María Folgueira?
Me gustaría que el eco de mi nombre en los labios de quienes amé sonara a melodía
cálida y sincera. Que al recordarme, sintieran ese abrazo sin palabras que sólo nace
cuando entregas el alma sin condiciones. Porque si algo he hecho bien en esta vida, ha
sido amar con las tripas, con ese fuego que a veces quemaba pero que siempre, siempre,
iluminaba.
No aspiro a monumentos ni a homenajes grandilocuentes. Mi legado son esos instantes
robados al tiempo: las risas que se colaban por la ventana a las 3 AM, las lágrimas que no
juzgué, los silencios que supe acompañar. Quiero ser en su memoria ese refugio donde
nunca hubo que disculparse por ser humano.
Si tuviera que resumirlo, pediría un epitafio sencillo: 'Aquí yace alguien que amó
demasiado'. No el amor edulcorado de las películas, sino ese que mancha las manos de
barro porque se atreve a cavar en las heridas ajenas para ayudar a sanarlas. El que
permanece cuando se apagan los focos y se acaban los aplausos. Porque al final, sólo
nos llevamos una cosa: la certeza de haber sido, para alguien, un puerto en medio de su
tormenta.
María Folgueira no necesita más títulos. Su voz ya es un legado, su presencia un himno a
la autenticidad. Esta entrevista no es solo un diálogo, es un viaje a las entrañas de una
mujer que eligió ser verdad en un mundo de apariencias. Y al final, entre las notas de sus
canciones y el eco de sus pasos en las pasarelas, queda lo imborrable: el alma de quien
sabe que el verdadero lujo no está en lo que se exhibe, sino en lo que se siente.
Gracias, María, por dejarnos entrar.

