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El milagro aragonés: “El Conjuro Producciones” una generación que no pidió permiso para soñar

El Querendón by El Querendón
27 marzo, 2026
in Columnista
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El milagro aragonés: “El Conjuro Producciones” una generación que no pidió permiso para soñar

 

Por José Luis Ortiz Güell

Han tenido que pasar cuatro ediciones de los Premios ‘La Torre de Babel’ para que
anunciasen el nombre de la productora ganadora en la categoría de empresas
culturales emergentes, tres jóvenes, Diego, Claudia y David que estaban en
distintas filas del salón de columnas de Caja Rural de Aragón se levantaron al
mismo tiempo. Eran de El Conjuro Producciones.
Hay proyectos que nacen con estrella y otros que nacen con presupuesto. Los
primeros suelen durar más. El Conjuro Producciones, la iniciativa que acaba de ser
distinguida en estos galardones que reconocen el talento joven aragonés, pertenece
a esa estirpe rara y emocionante de proyectos que parecen construidos con hilo de
coser y voluntad de hierro.
El fallo del jurado, hecho público este viernes coincidiendo con el Día de la Radio,
destaca de esta productora algo que en los tiempos del pelotazo y la inmediatez
suena casi a herejía: "fuerte creatividad, capacidad real de producción, espíritu
colaborativo y vocación de crecimiento dentro del ecosistema audiovisual". Tres
jóvenes que hacen películas sin pedir permiso, que se ayudan entre ellos y que,
contra todo pronóstico, están consiguiendo que esto funcione.
¿Por qué "El Conjuro"? Los no iniciados preguntan. Los iniciados sonríen. El conjuro
es aliarse con alguien, en general mediante juramento para un fin, que en este caso
es cumplir sueños comunes.
La ironía es tan gruesa que abriga: en un mundo donde la industria audiovisual
española lleva décadas repitiendo fórmulas, imitando modelos y mirando de reojo lo
que se hace fuera, estos muchachos han decidido tomarse la revolución en serio.
Pero no una revolución de manifiestos y pancartas. La suya es más silenciosa y más
honda. Es la revolución de los que cogen una cámara y se van al monte a filmar sin
esperar subvenciones. La de los que entienden que el talento joven no es una
categoría de consolación, sino el único futuro posible.
La cuarta edición de los Premios ‘La Torre de Babel’, organizados por la Fundación
Caja Rural de Aragón y Aragón Radio, ha recibido 58 candidaturas. Sobre el papel,
es una cifra modesta si la comparamos con los macroconcursos madrileños. Pero
quien conoce Aragón sabe que aquí cada proyecto es un milagro de logística y
vocación. Porque esto no es Madrid. Aquí no hay grandes estudios, ni rodajes con
catering, ni focos encendidos las veinticuatro horas. Aquí hay frío en invierno,

distancia entre pueblos y una tozudez ancestral que los aragoneses llamamos
"pundonor".
El Conjuro Producciones ha entendido algo que las grandes corporaciones llevan
décadas ignorando: el talento no entiende de geografías, pero arraiga mejor en tierra
fértil. Por eso su reconocimiento en estos premios no es un punto de llegada, sino de
partida. Es la confirmación de que se puede hacer cine desde la periferia sin
renunciar a la calidad, de que lo local puede ser universal sin traicionarse.
Mientras ellos recogían el galardón, en otras categorías se premiaba también a
Guillermo Borao Navarro por su novela “Esconderé mi rostro”, una reflexión sobre la
culpa y la identidad que bien podría ser el germen de uno de sus próximos
cortometrajes. O a “Virginia Clara y sus ilustraciones para *Oficina de objetos
perdidos*, ese álbum infantil que demuestra que la imaginación no entiende de
edades. O a Emma Calvo Olloqui, cuyo texto *No dejes pasar esta oportunidad*
aborda temas sociales con una puesta en escena efectista de recursos mínimos.
El ecosistema, extraño y valiente. Porque el talento joven en Aragón no es una
colección de islotes, sino un archipiélago que empieza a conectarse.
El futuro no se espera, se construye.
Cuando esa noche Íñigo Rubio Muñoz recogía el premio por su cortometraje
*Simplemente, Ser*, una historia construida a través de la voz interna de un
protagonista que recorre una dolorosa trayectoria personal, probablemente no sabía
que estaba sentando un precedente. Porque *Simplemente, Ser* y El Conjuro
Producciones comparten algo más que la procedencia geográfica: comparten una
manera de entender el arte como herramienta de exploración interior, como espejo
donde mirarnos sin trampa ni cartón.
La productora ha anunciado que esto no es más que un acicate para seguir con este
proyecto tan ilusionante, un sueño en Aragón. No podía ser de otra manera. El
espíritu colaborativo que destacaba el jurado no es postureo: es supervivencia y es
convicción. En tiempos de individualismo feroz, juntarse para crear es casi un acto
de resistencia política.
Mientras las grandes productoras se preguntan cómo atraer al público joven, estos
chicos de El Conjuro llevan años siendo ese público. Saben lo que quieren porque lo
quieren ellos. Saben cómo contarlo porque lo han vivido. Y saben, sobre todo, que el
futuro no se espera sentado a que llamen a la puerta.
El nombre, al final, es más certero de lo que parecía. Porque esto del cine, cuando
se hace con honestidad, tiene algo de ritual. Algo de magia que no se explica, que
solo se siente. El Conjuro Producciones ha aprendido a conjurar los fantasmas de la

precariedad, la distancia y el desánimo. Y los ha convertido en imágenes que
merece la pena ver.
El salón de columnas de Caja Rural de Aragón se vaciaba pasadas las diez de la
noche. Fuera, el frío de febrero recordaba que el invierno no ha terminado. Pero
dentro, tres jóvenes productores guardaban en una mochila un premio que pesa más
que su tamaño. Pesan los sueños de los que vienen detrás. Pesan las horas de
rodaje sin dormir. Pesa, sobre todo, la certeza de que esto apenas empieza.
Y mientras ellos cruzaban la plaza hacia el primer bar abierto para celebrarlo, uno de
los miembros del jurado, ya con el abrigo puesto, resumía lo que muchos pensaban
en voz baja: "He visto nacer proyectos durante treinta años. A estos, si no los
matamos a burocracia, les vamos a ver en los Goya. Y no será por casualidad".

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