Algo había en el aire aquella mañana. La luz era más brillante. La brisa suave era como una caricia. Los trinos de los pájaros amanecieron más temprano, como una dulce y alegre música. Nuevos colores invadían los rincones.
Marga fue la primera en salir al jardín. ¡Qué bonito día!, pensó para sí misma.
—¡Buenos días, Marga! ¿Has visto qué maravilloso día hace? Parece que el invierno ya ha quedado atrás —dijo Rosita, en cuanto llegó al jardín.
Al oír voces, Begoña salió también y se unió a ellas.
—Buenos días, chicas, no me puedo creer que el tiempo sea ya tan bueno. ¡Qué delicia! ¿Oís qué alegres cantan los pájaros?
—Sí, es una maravilla. Parece que todo vuelve a nacer —Jacinto se había acercado a las amigas. Mirad, por aquí asoma Narciso.
—Ay, sí, y ¡qué guapo viene! —decía Violeta, la recién llegada. Todos sabían que la tímida Violeta estaba secretamente enamorada de Narciso, el más apuesto del grupo.
Marga inició un tema incómodo. Nadie quería sacarlo a la luz, aunque todos sabían que era inevitable.
—¿Qué creéis que harán con nosotras este año? Somos tan necesarias para tantas ocasiones…
—¡Ay, sí! Tienes razón, Marga. Servimos para los momentos más felices y también para los más tristes. Lo que no me gustaría nada es que nos utilizaran para una corona de difuntos.
—¡Uy, no, por Dios! ¡Eso nunca! —Rosita se contemplaba en todo su esplendor—. Yo lo que quiero es hacer feliz a la gente.
No tuvieron que esperar mucho para salir de sus dudas.
Luis, joven y apuesto, salió al jardín desde su casa. Vestía sus mejores galas: un traje oscuro y elegante, zapatos relucientes, camisa y corbata. Se le notaba nervioso, no paraba de pasarse el dedo por el cuello de la camisa, como si esta le ahogase. Las manos le temblaban cuando, una por una, fue cortando las bellas flores de su jardín. En un momento tuvo preparado un vistoso, alegre y colorido ramo. El aire se llenó de un agradable perfume.
Luis, por enésima vez, se sacó del bolsillo del pantalón el pequeño estuche de terciopelo. Lo abrió para volver a contemplar el anillo con el brillante que, a la luz de aquel luminoso día, irradiaba sus reflejos.
Se recolocó la camisa y la chaqueta. Se repeinó, con la mano libre, el cabello impecable. Miró de nuevo el precioso ramo que acababa de confeccionar. Respiró hondo… y echó a andar.
Por lo bajinis, las flores se felicitaban por su buena suerte.
¡En esta ocasión iban a ser embajadoras de amor y de ilusión!
Pilar de los Hielos
España

