Ella está viva porque respira, pero quedó atrapada en su pasado, en aquellos campos cargados de momentos donde existió un toro tan dulce y noble que, aunque parezca el título de un cuento infantil , su nombre era Confite, el toro cebú.
Él se echaba para complacer a su dueña, para que ella soñara montada en su lomo. Los días parecían eternos en ese lugar; era difícil pensar que la vida tuviera un fin. Hasta ese momento, nunca se había preguntado en verdad qué es estar viva.
Pero esa amistad duraría poco. Pronto, esos campos se tornaron tristes. Sus tierras se tiñeron de rojo. Todos salieron de aquel lugar dejando todo atrás: siembras, animales. Solo los acompañaban sus recuerdos y la melancolía. Fueron obligados a marcharse sin mirar atrás, porque en esta historia, si volvían la mirada, esa sería la última vez que lo harían.
Y allí quedó la vida, cubierta en amenazas, minas y lágrimas.
Fue entonces cuando ella descubrió que respirar no era lo mismo que estar viva
