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Periodico El Querendon
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El momento de la desnudez.

El Querendón by El Querendón
31 julio, 2026
in Columnista
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El momento de la desnudez.

Cuando la dictadura se quita la máscara ante el espejo roto de la historia
Por José Luis Ortiz Güell
Hay un instante exacto, casi quirúrgico, en la vida de todo régimen autoritario en el que el
actor, ya cansado de ensayar su papel de demócrata, arroja el disfraz al suelo y confiesa,
con la arrogancia del que se cree eterno, aquello que siempre quiso decir pero que la
vergüenza o el cálculo le impedían gritar: “Nunca más volveremos a preguntarle al
pueblo”.
Ese instante ha llegado. Y no es un signo de fortaleza, como pretenden sus voceros, sus
portavoces es el estertor del animal herido que, al verse acorralado, muerde con
desesperación. Porque cuando un poder deja de simular, cuando confiesa su vocación
hereditaria y entierra las urnas en el patio trasero del palacio, no está anunciando un
triunfo. Está firmando su sentencia de muerte en la conciencia colectiva de un pueblo.
Observen la agonía. Es grotesca. Mientras el clan familiar se reparte las migajas del
presupuesto público (que es el sudor de sus ciudadanos), las calles se llenan de carteles
que alaban la “estabilidad”. Pero la estabilidad del sepulcro no es vida. Es el silencio que
precede al derrumbe. La economía, ese termómetro implacable, arde en fiebre mientras
los mercados internacionales miran con desdén a esta corte de cortesanos que no
entienden de productividad, sino solo de lealtades serviles.
Ahora, sin el disfraz, vemos la verdad escueta y brutal: nos quieren convertir en súbditos
de una dinastía. El apellido del tirano se esculpe en las placas de las avenidas mientras
las bocas de los niños aprenden a llamar “príncipe” al vástago que nunca ha ganado una
batalla, ni una elección, ni siquiera la voluntad de su propia sombra. Gobernar, para ellos,
es un asunto de sangre y pedigrí, no de capacidad ni de servicio. Es la vuelta al medievo
en pleno siglo XXI, pero sin castillos; solo con rascacielos vacíos y almas todavía más
vacías.
¿Y qué hay del miedo? El miedo ha sido el combustible de esta maquinaria durante
décadas. Pero el miedo, como la gasolina, se quema. Y cuando se acaba, solo queda el
peso inerte del ridículo. Porque no hay dictador más ridículo que aquel que, al sentirse
débil, decide que nadie más podrá votar. Es la confesión más clara de su fracaso: “Si
convoco elecciones, pierdo. Por tanto, aboliré las elecciones”. Es la lógica del niño que, al
no poder ganar el juego, rompe el tablero y se lleva la pelota a casa. Pero la historia,
señoras y señores, no se juega en un tablero que se pueda romper.
La libertad no es un concepto abstracto en las bibliotecas. Es el derecho a que el futuro
de tus hijos no dependa del capricho de un burócrata hereditario. Es poder expresar una
opinión sin que el vecino delator te entregue a los servicios de inteligencia. Es que el
dinero de tus impuestos se invierta en hospitales y no en aviones privados para la familia
del "presidente vitalicio". Esa libertad, que nos niegan, es la que nos hermana en esta
hora oscura.
Señor Daniel Ortega ya agonizante: escuche bien, porque estas palabras no son papel
mojado. Al proclamar su vocación hereditaria, ha cometido el error más estúpido de tu
historia. Ha unificado a la oposición, ha alertado a la comunidad internacional y, lo más

importante, has hecho que el ciudadano de a pie, ese que solo quería vivir en paz,
entienda que no tiene nada que perder. Cuando no hay elecciones, no hay reglas. Cuando
no hay reglas, solo queda la desobediencia civil, la resistencia pacífica, y la fuerza
imparable de la verdad.
Si bien en este largo camino han perecido en la carcel o han muerto gran parte de sus
leales, pagados con un alto precio y la mayoría militares como él. El pilar en el que se
quiere cobijar Daniel Ortega.
Numerosos son los nombres como Carlos Brenes, miembro del Directorio Nacional;
Alvaro Baltodano muerto el 30 de septiembre del 2024; Rodrigo González “fallecido” el 11
de agosto de 2023 y hasta entonces Ministro Consejero con funciones consulares y hasta
su propio hermano Humberto Ortega “muerto” en el mes de septiembe del año 2024 por
sugerir unas elecciones para el año 2026.
Ante lo ocurrido en Venezuela, con Maduro, que ha abierto el camino a la esperanza.
Muchos de esos supuestos leales ya han comenzado a mantener conversaciones con
terceros países democráticos para posibles alternativas.
Existe la constancia y las pruebas que ha través de terceros ya se han mostrado
favorables a colaborar para la posible caida y el posible retorno del concepto democracia
a su país. Estamos hablando de Valdrack Ludwing Jaentsechke Whitaker, el encargado
de la vigilancia y la persecución contra los nicaraguenses exiliados.
El estar en el punto de mira de la ONU y de ser denunciado, y por el temor de posibles
represalias internacionales ha decidido colaborar en contra de la dictadura de Daniel
Ortega todo ello presuntamente, según informaron diferentes fuentes. Hay pruebas de
ello y constancia feaciente presuntamente, según las mismas informan.
No sólo él sino hasta su propia hija Camila Antonia Ortega Murillo la encargada de
“Nicaragua Diseña”.
Ambos con su contactos internacionales, no han dudado en ayudar a que el régimen
autoritario de Daniel Ortega caiga de una vez por todas, siguiendo el ejemplo de
Venezuela.
No caigamos en la trampa de la desesperanza. El fin de un régimen nunca es un estallido;
es un goteo. Es el periodista que escribe aunque le corten la luz. Es la madre que enseña
a su hijo la Constitución original. Es el empresario que no paga el soborno. Es el
funcionario que filtra el documento secreto. Es la marea de ciudadanos que se miran a los
ojos y saben, sin decir una palabra, que el tirano está desnudo.
Han cerrado las urnas, pero han abierto el camino a la historia. Han cancelado el futuro
electoral, pero han sembrado la semilla de la rebelión más poderosa: la conciencia.
Porque ningún régimen hereditario ha sobrevivido a la segunda generación; la sangre se
diluye, el poder se pudre y el pueblo, ese viejo gigante que ahora aplaude la verdad,
siempre termina por escribir el último capítulo. Un último capítulo que no puede parar
aunque emplee miles de millones de dólares en el uso de las nuevas tecnologías y la IA
para mitigarlo, mientras el pueblo vive entre pobreza , miseria y dolor.

Que tiemble el palacio. Que tiemblen los herederos. Porque la libertad, aunque la
golpeen, aunque la encadenen, aunque la prohíban, es como el agua: encuentra siempre,
siempre, una rendija por la que filtrarse. Y cuando filtre, arrasará con todo este castillo de
naipes manchado de sangre y soberbia.

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